28/7/14

Astudillo


Byron y Jonás






Querido P.:

Desde que me diste a leer Viaje a Oxiana, hace tantos años, deseo vivamente pasar unos días en Afganistán. Cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta y estoy seguro de que no encontraría en pie muchas de las cosas de las que habla Robert Byron.

Hoy me he vuelto a acordar de él mientras leía la noticia de la destrucción de la mezquita de Nabi Younes, en la ciudad Iraquí de Mosul. Antes de ser mezquita fue monasterio. Younes es Jonás para los cristianos. Un viaje a Iraq tampoco parece aconsejable.

Ya ves que ni siquiera te hablo de la miserable condición humana. Te ahorraré también cualquier comentario acerca de la influencia de la religión sobre la política. Solo dos líneas acerca del deseo de viajar y detenerse unas horas frente al más simple de los monumentos que haya sido respetado más por el olvido que por el tiempo. Porque, a lo que parece, la atribución de significado a cualquier objeto, idea o símbolo los condena a su desaparición.

Con mis mejores deseos,

27/7/14

Por Cádiz en pijama



















Estoy convaleciente en un hospital. La habitación es grande, pintada de blanco y sin ningún adorno en las paredes, tiene antecámaras y recovecos que solo descubro a tentón, porque entra mucha luz y la claridad es tanta que no puedo distinguir un espacio de otro con la vista.

El sitio es muy agradable. Si el paciente lo desea, una enfermera lee la prensa a través de un pequeño altavoz instalado en la cabecera de una de las 2 camas que hay en cada habitación. Hay vasos de agua fresca en varias mesitas y algo de comida.

Después de pasear por toda la habitación vuelvo a la cama y encuentro a una familia acostada. Un matrimonio en una de las camas y su hijo en la otra. Es un chico como de 10 años, más bien regordete. Me siento a los pies de la suya, desconcertado. El chaval se arrebuja obligándome a levantarme. Se hace con la manta y la sobrecama. Le digo que no me conoce, que cuando me enfado tengo muy mal carácter. No se inmuta. Sus padres tampoco.  Me voy.

En el aparcamiento subo a un coche que me prestó una amiga. Es un Jaguar dorado de carreras. Qué ocurrencias. Me dijo que usara casco. Me lo pongo a duras penas. Es muy incómodo. He de parar un par de manzanas más adelante para quitármelo porque el dolor de cabeza es insoportable. No es de mi talla.


Conduzco por la ciudad mientras atardece. No cabe duda de que estoy en Cádiz. Las casas bajas de los arrabales están pintadas de  amarillo y azul. De los dinteles de las puertas cuelgan bombillas desnudas y detrás, al fondo, se ve la bahía. Voy haciendo el ridículo con un coche de carreras. No estoy seguro de si aún llevo puesto el pijama.


26/7/14

Quintanilla de la Cueza



















De los tres pueblos junto al río Cueza, Quintanilla es el más pequeño. Me desvío  y dejo a la izquierda 2 palomares de planta circular y 2 de planta cuadrada.  Subo hasta la que creo que es la iglesia. Es en realidad una torre exenta que corona el caserío. Ahora sí veo la iglesia, algo más abajo. Es un paseo corto. Cerrada. La chiesa è chiusa? Aprendí a decir en italiano hace muchos años. Aquí, ni siquiera hay a quién preguntar, aunque ahora que me he detenido oigo un sonido rítmico, así que camino hacia el lugar de donde proviene. Enseguida me encuentro frente a un grupo que no distingo bien de momento. Me acerco al ritmo de un martillo. Supongo que me observan. No hay nadie más. Se escucha además el sonido de un transistor.  Está colocado en el alféizar de una ventana. A la sombra, una mujer y un hombre de edad avanzada. Al otro lado de la calle, al sol, sobre el andamio, un muchacho arregla el tejadillo de un patio. El que parece ser el capataz, lo mira desde abajo. Entablo conversación con los mayores. Así puedo saber que arreglan la casa que han comprado a los curas, que Quintanilla de la Cueza tiene hoy 7 habitantes y que el retablo que quería ver se lo llevó el arzobispo a Palencia, por miedo a las goteras.

 –María-. Dice él.  –Enséñale la casa a este hombre-. Él trabajó hasta los 55 en Bilbao, en el metal. Con la desindustrialización se prejubiló. Solo vienen de vacaciones porque el pueblo es muy triste. Ella abre una por una las puertas de todas las habitaciones, los aseos, la despensa, la cocina y  una recocina con una especie de cama hecha de ladrillo que puede calentarse haciendo fuego debajo.

 -Aquí dormía mi madre la siesta. Bien caliente–. Luego se queda un momento parada, suspira y dice: -No se qué me da que empiece el año, con lo mala que está fulanita-.

En el patio, su marido guarda un Seat Málaga que los hijos no le dejan que conduzca ni siquiera hasta Carrión de los Condes. Injection, pone en los laterales.

–¡Nos vamos a comer!-. Grita desde la calle el capataz.
-¡Yo no!-. Replica el Albañil.
-Es que este es moro-. Me aclara el dueño. –Como es el Ramadán. Pero luego a la noche, come de todo. Ahora, ni beber hace.
-¿Guardo la herramienta?
-Déjala ahí mismo. Robar no han de robar.


Vuelvo hasta el coche. Quedan en pie, junto a la  torre, pequeños almacenes. Unos se conservan bien. Otros ya están entre el decoro y la ruina. Componen retazos de paisaje de esos a los que la modernidad se acostumbró desde la aparición del cine y la fotografía: Cezannanianos, diría A.

24/7/14

Faltan los palomares

A todo no se puede estar. Me quedo sin ver por dentrolos palomares de Tierra de Campos.

Unos días antes de salir hacia Palencia había llegado a casa un ejemplar de Paloma al aire de Ricardo Cases. La segunda edición. Vete ahora a comprar la primera. Martin Parr está haciendo estragos con su Historia del fotolibro. 

Vuelvo. De la bibliografía disponible en la red, un impresionante Inventario de Palomares en la Tierra de Campos Palentina de Manuel Malmierca y Juan Carlos Aparicio. También de Malmierca una unidad didáctica para niños de secundaria que resulta útil cuando -como es el caso- no se tiene ni idea del tema.

En este último trabajo se recogen algunos textos breves entre los que se encuentra este de Columela:

"El tener estas aves no desdice del cuidado de un buen labrador. Se mantienen con menos comida en los parajes que están lejos del poblado, en los cuales se les permite salir libremente, porque después vuelven a los sitios que se les señalan en las torres más altas o en los edificios más elevados, donde entran por las ventanas que se les dejan abiertas y por las cuales salen volando a buscar su alimento. Sin embargo, durante dos o tres meses se les da comida que se ha tenido el cuidado de reunir para ellos; después ellas se mantienen con las semillas que encuentran en el campo. Pero esto no lo pueden hacer en los sitios inmediatos a algún poblado, porque caen en las varias especies de lazos que les ponen los cazadores. Se
les debe echar de comer debajo de techado, en un sitio de la casería que no sea bajo ni frío, sino sobre un piso que se hará en un sitio elevado que mire al mediodía del invierno. Sus paredes, para no repetir lo que ya hemos dicho, se excavarán con órdenes de hornillas, como hemos prevenido para el gallinero o si no acomodare de este modo se meterán en la pared unos palos y sobre ellos se pondrán tablas que recibirán casilleros, en los cuales las aves harán sus nidos u hornillas de barro con sus vestíbulos por delante para que puedan llegar a los nidos. Todo el palomar y las mismas hornillas de las palomas deben cubrirse con un enlucido blanco, porque es el color con que se deleita principalmente esta especie de aves y también se han de enlucir por fuera las paredes, principalmente en la inmediación de la ventana, la cual estará colocada de manera que de entrada al sol la mayor parte del día de invierno..."
  
"El palomar debe barrerse y limpiarse de tiempo en tiempo, porque cuanto más aseado esté, más alegre se muestra el ave, la cual es tan difícil de contentar, que muchas veces toma tanta aversión al palomar, que lo deja cuando se le presenta la ocasión de salir volando de él, cosa que sucede frecuentemente en los parajes donde tienen libertad de salir. Para que esto no ocurra hay un antiguo precepto de Demócrito que es el siguiente: Hay un especie de gavilán que la gente del campo llama "tinúnculo" (cernícalo), que acostumbra hacer su nido en los edificios; los pollos de esta ave se meten en ollas de barro, y estando todavía vivos, se cubren con tapaderas que se cogen con yeso, hecho lo cual se cuelgan estas vasijas en los rincones del palomar: esto les granjea tal amor a aquel sitio que nunca lo abandonan".

Casi por azar, revolviendo, he encontrado aquí una cita relativa a un paraje cercano a casa. Como no podía ser de otra forma, hay de por medio escopetas y curas. (Más completo, aquí). 

"Constituciones Sinodales, 1613 Egüés (Navarra). A pesar de la prohibición que tenían los clérigos de no cazar, no era raro ver a alguno de ellos que lo hacia sin escándalo de los feligreses, como ocurrió como Juan de Elcano, beneficiario de la parroquia de Egüés al que se acusaba: de tirar con escopeta a palomas y otras aves... causando también daño en palomares vecinales".

20/7/14

De Carrión a Burguete






























Querido J.:

Ya sabes que el valor de los huesos reside en lo que se edifica para contenerlos. Una astilla da lugar a una iglesia. Las proporciones son a veces tan inversas que asustan. Aquí, en san Zoilo han extendido las telas en que vinieron envueltas las reliquias del santo y es un gusto verlas porque no es habitual encontrar tejidos tan antiguos en tan buen estado.

Me he acordado de ti viendo la tela azul: tiene una tamaño espectacular, más de 2x2 m con 36 águilas exployadas. Los cuellos de las aves que forman la primera fila están recorridos por una banda roja con un texto árabe escrito en amarillo. ¿Qué? ¿te suena? Estoy seguro. Mira qué dice laWikipedia.

A mí me recuerda además a la forma en la que se tejen las leyendas. Un poco de biblioteca, una tela amarilla, una máquina de coser y un paseo hasta las campas de Burguete en el momento adecuado. 


Dice José Luis Serna que la tela azul no envolvió los huesos de san Zoilo; tal vez proceda de alguno de los sepulcros condales. Más leyendas.



El valor de los huesos de santo


En la Sacristía del monasterio, me he enterado de que Fernando Díaz, primogénito de los condes, trajo a Carrión los restos de san Zoilo junto con los de san Félix y san Agapio Obispo. Se vino de Córdoba con tan espléndido regalo después de luchar junto a Mahomat, frente a Alfonso VI. El rey le ofreció otras recompensas por su ayuda pero Díaz prefirió las reliquias. Está claro que los dos conocían el valor de los huesos de santo en el norte de la península.

A saber si los huesos son de quien se dice. En su tesis doctoral sobre la Evolución del patrimonio religioso en Carrión de los Condes, Lorena García cuenta que san Zoilo fue “un noble cristiano cordobés que fue cruelmente azotado, despedazado con garfio y finalmente degollado en el año 306, siendo muy joven, por haber renegado de la idolatría pagana.  Cuentan las crónicas que era tal su valor y aguante, que, consciente de todo, decía el mártir: “Cuanto más maltrates mi cuerpo que tienes ahora en tu flaco poderío, tanto crece más mi verdadero bien, que no teme tus tormentos…los que tú has de padecer, cuando comenzaren nunca han de acabar”. Su verdugo, al oír esto, abrió el cuerpo de San 
extrajo sus riñones, cortándole después la cabeza. Para que no pudieran encontrarle, su cuerpo fue despedazado y sepultado en un campo yermo junto al de algunos peregrinos”.  (No quiero imaginar cómo estaría Facebook en el siglo IV si hubieran existido pergaminos con cámara incorporada).

En cada esquina por la que paso se constata la necesidad del cuerpo y la cruel negación del otro a manifestar el sitio donde se encuentra, aunque, al menos con los siglos, se establecen diferencias.

Sigue Lorena García hablando de san Agapio: “Cuenta la leyenda que San Zoilo en el año 589 se apareció en una visión a San Agapio, revelándole donde estaba enterrado. Fue éste un caballero ilustre favorecido por los reyes godos que abandonó su riqueza para tomar el hábito de San Benito en Córdoba, donde ostentó la dignidad de Obispo. Fue quién se encargó de trasladar en procesión el cuerpo de San Zoilo a una iglesia sobre la que posteriormente erigió un monasterio bajo la advocación del mártir cordobés, donde el propio Agapio fue sepultado 1062”.

Esa veneración del cuerpo ya cadáver, de sus restos últimos –ese apego por el polvo sagrado de quien fue y ya no es, contrasta de tal forma con la negación de la carne viva en las mismas tradiciones que de la oposición de ambos excesos solo puede resultar el trauma. Me pregunto en qué momento cambiamos las reliquias por el cuerpo.